Debt

25.09.2026 – 21.11.2026

Cibirán se complace en presentar Debt, la primera exposición individual de Nooshin Askari en la galería.

“...la vida picaresca es más descansada que la de los reyes, emperadores y papas”
Segunda parte de Lazarillo de Tormes(1620)
J. de Luna

El pícaro es un sirviente y alborotador urbano. Desde esa posición, deja al descubierto la corrupción y se niega a aceptar su destino: esquiva los ideales con ingenio, sin pretender ser un experto en nada. Más divertida que la de un emperador, la vida traviesa del sirviente se equipara a la del filósofo por de Luna, al menos por lo que supone renunciar al privilegio para «pasarse» a la vida picaresca.

Sus coqueteos y placeres urbanos son extraordinarios. Quien alborota la ciudad sale airoso de sus tretas ociosas: caprichoso, con los ojos bien abiertos, haciendo pucheros sin distinción, cantando para seducir. Sus engaños pueden incluso divertir, pero a menudo se acercan demasiado a esa realidad de labios apretados que llamamos sociedad normativa.

El secreto a voces siempre está claro como el agua. Conocemos las convenciones y los dobles raseros de los que se burla y, aun así, decir las cosas como son tiene un precio. El bufón hace gracia hasta que deja de hacerla. Toma partido y ruedan cabezas…

Esperemos la caída.


Hay una expresión, al menos en español, estirar la pata: una forma de decir que alguien ha muerto. Una última postura, como si estirarse fuera una alternativa preferible a morir. Y el eufemismo encierra algo de verdad mamífera que atraviesa la historia: el rigor mortis lleva la extensión de la pierna al extremo.

Un miembro rígido se convierte en metonimia del cadáver. El pie posa por el cuerpo entero, del que es mejor separarla mediante la metáfora. El cuerpo ha perdido un detalle perverso. Como las raíces de una hermosa flor, Georges Bataille veía en los pies la expresión literal del materialismo bajo: una anti-idea de la anti-belleza que desbarata la falsa oposición entre lo alto y lo bajo. El cuerpo necesita una base; el pie, un dedo gordo. Esa última postura se resiste a soltar.

Una vida a la espera de olfatear un pie promete más dignidad que cualquier falso heroísmo o anti-heroísmo. Algunos apegos parecen ofrecer un asidero existencial. Urge comprender que mi placer estará siempre en deuda. Solo puedo vincularme eróticamente a los pies y a su imagen a través de un todo completo.

Excitado por lo bajo, pongo mi lengua a tu servicio y sigo siendo mezquino, vulgar y pequeño como una verruga: una protuberancia sin fondo, la vida pasiva de esperar tu pie, en sentido literal y figurado.


Todos mis ideales han caído y mis enemigos siguen en pie.

Mientras Israel y Estados Unidos se atrincheran e incitan a una Europa morosa a hacerse la valiente y seguir haciendo llover bombas rentables sobre pueblos negros e indígenas, nosotros quedamos cada vez más enterrados, asfixiados por una deuda impagable. Ya va siendo hora de cierta humildad epistémica: quizá posar, por mortal que resulte, nos conceda el margen de maniobra que necesitamos.

Denise Ferreira da Silva nos insta a reconocer que esa deuda es, en efecto, nuestra, aunque no nos corresponda saldarla. De pronto, el fetichista sufre y olvida que una vida sencilla requiere pocos medios.

El deber, insiste ella, es reparar.


El 5 de abril de 2004, Yassir Arafat respondió a lo que hoy llamaríamos amenazas genocidas diciendo: «Todos somos mártires en espera». Su réplica acepta la condena necropolítica y la infunde de dignidad. Dio otro sentido a la negativa y se mantuvo firme. Toda pose puede ser mortal y está ligada a muertes tramadas por la diplomacia.

El mártir encarna el sufrimiento en su grado extremo y muere como testigo del crimen que acaba con su vida: el asesinato, el genocidio y otros exterminios se despliegan ante sus ojos. Ni el sufrimiento ni la visión son para los mártires. Son para los espectadores y para nuestra memoria.

Esperar es la vida del mártir. En esa postura expectante aguarda y contempla cómo se desarrollan los acontecimientos del mundo, posando por unos ideales entre los que una nación no es cosa menor. Y, sin embargo, la vida not está condenada a la espera y al sufrimiento.


El شهرآشوب (Shahr-āshūb) alborota la ciudad porque, con la sola presencia de sus personajes, recuerda a todos que las cosas podrían ser distintas.1 Quienes alborotan la ciudad están entregados a la vida picaresca. Desde luego, las tradiciones europeas e indoeuropeas no son una y la misma, pero mantienen entre sí una deuda urgente. ¿Cómo dar cabida, en esa deuda transcultural, al erotismo de quienes alborotan la ciudad?

La esperanza reside en pequeños actos de disidencia: una canción, una lengua indócil o una ráfaga de chismes en pleno bazar pueden convocar lo imprevisto. La lección es que se sufre en muchas posturas y que el mártir constituye su materia baja. Como ocurre al tomar partido, el precio es alto y está cerca. El sacrificio del mártir alborota la ciudad.

¿Por qué y para quién posas?

Quien alborota la ciudad nos recuerda que en todos nosotros habita una posibilidad indómita. Podríamos llamarla espera y encontrarla profundamente aburrida. A diferencia del filósofo, el pícaro no tiene nada a lo que renunciar salvo el tiempo: mezquino y pequeño como una garrapata de temporada, sin ideales ni nación cuya deuda saldar. Es una cuestión de materia baja: garabatear hasta deshacerse del privilegio y pasarse a la vida picaresca. Señore, pómgame el pie aquí, por favor.


No se me ocurre una política mejor para lidiar con la deuda.

 

 

– José Segebre

1     Nota al pie cortesía de le artiste: «Un motivo literario persa, turco y surasiático que aparece a partir del siglo XI y cuyo nombre se traduce como “quien alborota la ciudad”. Se introduce en la ciudad entendida como texto, camuflado como un libro de oficios, y se dirige a la persona amada, a menudo dedicada a un oficio, que ofrece coquetamente sus mercancías al poeta o escritor prendado de ella. Frente a las interpretaciones orientalistas, este motivo no se ocupa de reflexiones sobre la clase social, sino que se apropia de la escena comercial de la ciudad como espacio de proyección obscena. Altera la ciudad —entendida como un texto— mediante una pose ligeramente torcida de cada personaje normativo, y abre así un lugar donde introducir al villano, el vicio y al excluido. En el siglo XVI, en el contexto de las ­tendencias de la temprana modernidad del Imperio safávida y de sus complejos legados, el motivo dio un giro explícito hacia la autoayuda y se empleó para elaborar manuales destinados a pícaros que paseaban por la ciudad en busca de encuentros [NA]».

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